Susanna Coppolecchia
Investigadora independiente en Ciencias de la Educación. Doctora por la Universidad de Bolonia.
Especialista en educación transformadora, innovación social, participación democrática y cooperación euro-mediterránea.
Mientras el Mediterráneo sigue ocupando las crónicas internacionales como escenario de conflictos, tensiones migratorias y geopolíticas, existe otro Mediterráneo que rara vez es noticia: el de las comunidades que cooperan, las organizaciones que construyen vínculos y las personas que transforman las diferencias en oportunidades de desarrollo compartido. Esta es la perspectiva que emergió durante el Congreso Internacional “Mediterráneo: Espacio de Economía Social”, celebrado el 23 de mayo de 2026 en Mazara del Vallo, Sicilia. La iniciativa, promovida por el Instituto Euroárabe, el Centro Diocesano Operadores de Paz y la Fundación San Vito, reunió a representantes institucionales, organizaciones de la economía social, cooperativas, investigadores, administradores locales y actores de la sociedad civil procedentes de distintos países del Mediterráneo.
El congreso no fue solamente un espacio de debate. Representó el inicio de un proceso más amplio orientado a la construcción de la Red Mediterránea de la Economía Social y Solidaria, una plataforma de cooperación que pretende conectar comunidades, organizaciones, instituciones y territorios unidos por la búsqueda de modelos de desarrollo más inclusivos, participativos y sostenibles.
Repensar el Mediterráneo
Uno de los temas que atravesó toda la jornada de trabajo fue la manera en que hoy miramos al Mediterráneo. Con demasiada frecuencia se lo representa como una frontera problemática, un lugar marcado por divisiones y conflictos. Sin embargo, las intervenciones de los ponentes propusieron una perspectiva diferente: el Mediterráneo como espacio de relaciones, intercambios, mestizajes culturales y responsabilidades compartidas.
Como se recordó en varias ocasiones durante el congreso, los desafíos que atraviesan actualmente esta región —cambio climático, desempleo juvenil, fragilidad económica, migraciones, marginalidad territorial y desigualdades sociales— no pueden ser afrontados por cada país de manera aislada. Requieren nuevas formas de cooperación capaces de conectar territorios, comunidades e instituciones.
Desde esta perspectiva, el Mediterráneo no aparece únicamente como un espacio geográfico, sino como una comunidad de destino en la que pueblos diversos comparten problemas comunes y pueden construir respuestas compartidas.
La Economía Social como infraestructura de cooperación
Uno de los mensajes más significativos surgidos del encuentro se refiere al papel de la Economía Social y Solidaria. Durante las intervenciones se subrayó cómo las cooperativas, empresas sociales, asociaciones, fundaciones y organizaciones comunitarias representan hoy mucho más que simples actores económicos. Constituyen espacios donde se construyen relaciones, confianza, participación y capacidad colectiva para afrontar los problemas.
La Economía Social fue presentada como un modelo de desarrollo que sitúa a las personas y a las comunidades en el centro, reconociendo que el bienestar no puede medirse exclusivamente a través de indicadores económicos. El desarrollo de un territorio depende también de la calidad de las relaciones sociales, de la participación democrática, de la capacidad de cooperar y de la existencia de redes comunitarias capaces de generar confianza. Desde este punto de vista, la economía no aparece como una esfera separada de la vida social, sino como una herramienta que contribuye a modelar comportamientos, relaciones, oportunidades educativas y calidad de convivencia.
Paz, justicia social y desarrollo humano
Particularmente significativas fueron las reflexiones propuestas por Don Leo Di Simone y el obispo de Mazara del Vallo, Monseñor Angelo Giurdanella, sobre la relación entre economía social y construcción de la paz.
La paz fue descrita no simplemente como ausencia de guerra, sino como la presencia de justicia social, participación, dignidad humana e inclusión. Muchos de los conflictos que atraviesan el mundo contemporáneo tienen su origen en desigualdades, exclusiones y desequilibrios económicos.
Las experiencias internacionales: la cooperación como aprendizaje mutuo
Un elemento especialmente relevante del congreso fue la contribución de las delegaciones internacionales. El profesor Abd Al-Fattah Al-Shalabi, director General de la Jordan Cooperative Corporation, presentó la experiencia del movimiento cooperativo jordano, destacando cómo la cooperación representa no solo una forma organizativa, sino una visión del desarrollo basada en la dignidad de las personas, la solidaridad y la responsabilidad compartida.
Las intervenciones de Imad Abu Dawas y Ammar Shawesh situaron en el centro del debate la innovación social y el capital humano. Especialmente significativa fue la idea de que las comunidades no deben considerarse únicamente portadoras de necesidades, sino también de recursos, competencias y capacidades generadoras y transformadoras.
Otra contribución destacada fue la de Lamia Al-Dabbas, quien presentó la experiencia de las cooperativas femeninas en Jordania. A través de ejemplos concretos, mostró cómo la inversión en competencias y emprendimiento femenino puede producir efectos positivos sobre el conjunto del tejido social.
La propuesta de la Red Mediterránea de la Economía Social y Solidaria
En mi intervención, como promotora de la Red Mediterránea de la Economía Social y Solidaria, presenté la visión y los objetivos que dan origen a la iniciativa impulsada en Mazara del Vallo. Subrayé la necesidad de promover un enfoque del desarrollo capaz de integrar las dimensiones económica, social, cultural y educativa.
Muchos de los recursos necesarios para afrontar los desafíos contemporáneos ya están presentes en los territorios: capital social, competencias, relaciones, patrimonio cultural y capacidades de cooperación. Llamé la atención en torno a los “territorios intermedios”, a menudo excluidos de los grandes procesos de toma de decisiones, a pesar de contar con un importante potencial todavía insuficientemente valorizado.
Desde esta perspectiva, la naciente Red Mediterránea de la Economía Social y Solidaria se concibe como no como una estructura centralizada, sino una comunidad de comunidades capaz de conectar cooperativas, empresas sociales, universidades, administraciones públicas, fundaciones, asociaciones y ciudadanía de toda la región mediterránea.
Mazara del Vallo fue identificada como un posible laboratorio para esta iniciativa. La ciudad posee características particularmente significativas: una fuerte identidad multicultural, una consolidada experiencia de diálogo intercultural y la presencia de una de las comunidades tunecinas más importantes de Italia.
Construir el futuro desde la cooperación
De cara al futuro, también se destacó la necesidad de dotar a la red de una estructura estable mediante la construcción de alianzas euro-mediterráneas, el mapeo de los actores potencialmente implicados, la puesta en marcha de programas de formación compartidos, el apoyo al emprendimiento social juvenil y la promoción de iniciativas conjuntas capaces de generar innovación social, desarrollo territorial y construcción de paz.
La próxima fase estará dedicada a la formalización de la Red y a la definición de una agenda operativa compartida entre las organizaciones participantes, con el objetivo de transformar el patrimonio de relaciones, ideas e iniciativas colaborativas surgido en Mazara del Vallo en una plataforma estable de cooperación euro-mediterránea.






