Yannick Lucas
Presidente de la Asociación Internacional de la Mutualidad (AIM)
En 1950, al día siguiente de una guerra que había sumido al mundo en el luto, mutualistas de todo el mundo crearon la Asociación Internacional de la Mutualidad (AIM). Estos hombres y mujeres consideraron que los valores que compartían eran más fuertes que la historia, y que las mutualidades debían hablar con una sola voz para transmitir un mensaje de solidaridad en la escena internacional.
Setenta y cinco años después, en un mundo marcado por el envejecimiento de la población, el aumento de las enfermedades crónicas, las crisis sanitarias, las desigualdades sociales y la creciente presión sobre las finanzas públicas, las mutualidades siguen ocupando un lugar singular. No son simples aseguradoras ni meros prestadores de servicios administrativos. Constituyen organizaciones sin ánimo de lucro, basadas en la adhesión voluntaria, la solidaridad entre sus miembros, la gobernanza democrática y la búsqueda del interés general. Su papel va, por tanto, mucho más allá del reembolso de los gastos sanitarios: contribuyen a construir sociedades más protectoras, más equitativas y más resilientes.
Históricamente, las mutualidades nacieron de la voluntad de comunidades profesionales, territoriales o sociales de organizarse colectivamente frente a los riesgos de la vida: pérdida de ingresos, enfermedad, accidente, discapacidad, dependencia o fallecimiento.
En el siglo XIX, incluso antes de la creación de los grandes sistemas públicos de seguridad social, permitieron a trabajadores, familias y grupos vulnerables poner en común sus recursos para hacer frente a gastos o pérdidas de ingresos imposibles de asumir de manera individual. En un momento en que triunfaban los valores del liberalismo económico, mujeres y hombres consideraron que los valores de la solidaridad, la democracia y la ausencia de ánimo de lucro debían prevalecer cuando era necesario afrontar las contingencias de la vida.
Inicialmente reticentes, los poderes públicos terminaron fomentando el desarrollo de las mutualidades, cuyos principios fueron posteriormente incorporados al establecerse los sistemas obligatorios de seguro social.
Esta historia explica su identidad más profunda: una mutualidad se basa en la idea de que un riesgo asumido conjuntamente y de manera solidaria resulta más llevadero para cada persona.
Del siglo XIX al XXI los valores permanecen inalterados
Hoy en día, las mutualidades actúan en contextos muy diferentes según los países, pero sus valores permanecen inalterados.
En algunos países europeos (Alemania, Bélgica, Países Bajos y Francia), se les ha confiado la gestión de la totalidad o de una parte del régimen obligatorio de seguridad social. En otros sistemas sanitarios, las mutualidades complementan los regímenes públicos de seguridad social, haciéndose cargo de una parte de los gastos de salud no cubiertos por el seguro obligatorio.
En otras regiones, como África, Oriente Medio, América Latina o Asia, las mutualidades de salud o los sistemas de seguros comunitarios contribuyen a ampliar progresivamente la protección social a los trabajadores del sector privado y a los funcionarios, así como a personas que siguen estando alejadas de los dispositivos públicos: trabajadores informales, población rural, trabajadores autónomos, mujeres, jóvenes o personas que viven en zonas insuficientemente atendidas. Su contribución puede ser complementaria, sustitutiva, experimental o integrada en políticas nacionales de cobertura sanitaria universal.
En estas regiones, las mutualidades no pueden por sí solas, al contrario de lo que se creyó en el pasado, construir un sistema de protección social. Necesitan el apoyo —incluido el apoyo financiero— del Estado, de los empleadores y de las entidades territoriales. No obstante, pueden constituir un aliado poderoso para la implantación de la cobertura sanitaria universal, al permitir una adaptación a las necesidades de las personas protegidas y una gestión administrativa cercana al terreno en contextos donde las infraestructuras administrativas son, en ocasiones, insuficientes.
La primera contribución de las mutualidades es de carácter financiero. Al organizar la puesta en común de las cotizaciones permiten distribuir los costes entre personas sanas y enfermas, jóvenes y mayores, personas con distintos niveles de ingresos y territorios más o menos expuestos a los riesgos. Esta solidaridad constituye el principio fundamental de todo sistema eficaz de protección social: evita que la enfermedad se convierta en una catástrofe económica para los hogares. Cuando surge un gasto sanitario elevado, la persona protegida no afronta sola ese coste; se beneficia de un mecanismo colectivo que hace que el acceso a la atención sanitaria sea más previsible y más asequible.
Las mutualidades son también, en muchos países, gestoras de servicios sociales y sanitarios, lo que permite a sus afiliados acceder a una atención de calidad con costes controlados.
Por último, las mutualidades constituyen un movimiento social. En un mundo privado de referentes, los mutualistas siguen convencidos de que los valores que comparten en el seno de la AIM son hoy más vigentes que nunca. Están convencidos de que los valores de la solidaridad deben regir el funcionamiento de nuestros sistemas de salud por encima de la búsqueda del beneficio y de que los valores del humanismo y de la democracia deben servir de referencia tanto dentro como fuera de nuestras organizaciones.
Pero aún nos queda mucho por hacer
En todo el mundo, mujeres y hombres siguen estando alejados de cualquier forma de protección social, mientras que, al mismo tiempo, la fortuna del hombre más rico del mundo lo situaría en el puesto 35.º del ranking de países por PIB anual, por delante de Suiza y de Bélgica. Los principios de un liberalismo sin restricciones, tal como se defendían en el siglo XIX, vuelven a imponerse y las desigualdades nunca han sido tan profundas.
El mundo necesita a las mutualidades. Sin embargo, en numerosos países su especificidad jurídica está siendo cuestionada en virtud de un isomorfismo jurídico que se niega a reconocer la diferencia fundamental existente entre la tarificación basada en el riesgo individual, tal y como la practican las aseguradoras con ánimo de lucro, y los mecanismos de solidaridad mutualista, en los que el riesgo es asumido de forma equitativa por todos.
Allí donde existen, debemos reforzar el estatuto jurídico reconocido a las mutualidades para evitar cualquier forma de banalización. En los demás países es preciso establecer marcos jurídicos que permitan la creación de mutualidades en condiciones que garanticen su libertad de funcionamiento y la protección de sus afiliados.
Ese es el papel que la AIM viene desempeñando desde hace más de ochenta años, y que seguirá desempeñando ante los Estados, las instituciones europeas y las organizaciones internacionales.
La AIM es también el espacio donde las mutualidades dialogan, comparten sus experiencias y ponen en común el conocimiento de sus expertos en beneficio de todos.
Estamos convencidos de que, frente a los desafíos que representan las grandes transiciones demográfica, climática y tecnológica, las mutualidades siguen siendo un factor de emancipación que permite a sus afiliados ser protagonistas de su propia protección social.






